Después de la limpieza, la hidratación es, sin duda, el paso más importante a seguir si queremos mantener la piel en perfecto estado.
Hidratar no es otra cosa que aportar agua, y esta provisión de agua la debemos realizar tanto a nivel externo, por medio de cremas, como interno, con la ingestión de líquidos.
Los jabones, detergentes o champús que utilizamos para lavar nuestra piel, o bien para la limpieza diaria del hogar, contienen agentes que contribuyen a la deshidratación, por lo que su uso debe estar inexcusablemente complementado con cremas o lociones que nos ayuden a recuperar ese porcentaje de agua que perdemos con la higiene diaria.
Es importante tener claro que la hidratación debe ser una costumbre adoptada desde el primer día de nuestra vida. Hidratar el cuerpo y el rostro es siempre beneficioso, tanto para pieles maduras, como jóvenes, y para los niños, desde el momento de su nacimiento.
El error más generalizado con respecto a este tema es la idea de que las cremas hidratantes no son adecuadas para pieles grasas. No es cierto. Hidratar no es engrasar. Las grasas sobre la piel ejercen una función únicamente de película protectora para evitar la pérdida de agua, por eso hay muchas cremas que además de contener agentes humectantes, llevan también grasas o aceites.
Si la piel es grasa, debemos buscar una hidratante que no lleve aceites y con ello tendremos el problema más que resuelto.
El problema del acné se suele agravar aún más con la deshidratación. La piel, por sí sola no es capaz de producir agua, pero, ante la falta de humedad, libera grasa para eliminar la sequedad, así que en muchas ocasiones, la aplicación de geles o cremas desecantes, van a potenciar aún más el problema, dando como resultado una piel acnéica y además, descamada y grasienta.
La solución es la aplicación de un tratamiento específico para los granos y puntos negros, pero solo localizado en las zonas afectadas, y siempre después de una correcta hidratación.
En el mercado podemos encontrar una amplia gama de productos que nos prometen una hidratación, complementada con los efectos de componentes antiarrugas, antiflacidez, o incluso reductores y anticelulíticos para el cuerpo. Estas cremas que cuentan con tantas funciones, tienen que ver recortada su acción hidratante para poder abarcar tantos beneficios, así que lo ideal es tener una crema que sea solo para hidratar, y después de haber restablecido el nivel hídrico de nuestra piel, aplicar el producto específico que consideremos oportuno, como por ejemplo el antiarrugas.
Por otra parte, solo con la hidratación ya vamos a notar una mejoría considerable en el aspecto de nuestro rostro y cuerpo, ya que en la mayoría de las ocasiones, la piel se arruga por falta de humedad, así que primero hidratamos, y luego tratamos.
En cuanto a los aceites, cuya utilización está tan extendida, sobre todo para el cuerpo, suelen llamarse hidratantes de forma equivocada. Como he dicho antes, los aceites se encargan de formar una película protectora sobre la piel que evita la pérdida de agua, pero en sí mismos no hidratan. Esto no quiere decir que no sean una buena opción, puesto que en pieles normales con evitar la pérdida de humedad tendríamos bastante para no sufrir deshidratación. Pero si la piel es muy seca, es necesario aplicar la crema, aunque luego la complementemos con el aceite. Se pueden incluso mezclar las dos cosas para que no se alargue mucho la faena de poner un producto y luego otro después de la ducha.
La ingestión de líquidos debe oscilar diariamente entre el litro y medio y los dos litros de agua diarios, lo cual nos ayudará a mantener un equilibrio hídrico correcto, y por lo tanto, a mejorar considerablemente el aspecto de la piel y el estado general de nuestro cuerpo.
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