La celulitis es una acumulación de nódulos de grasa, agua y toxinas, que se sitúa debajo de la piel de algunas zonas del cuerpo. Son las mujeres las más afectadas por este antiestético problema, pero hay algunos hombres que también la padecen.
Por lo general, aparece en la adolescencia y nos acompaña por el resto de la vida, siendo prácticamente imposible eliminarla por completo.
Tratamientos como la liposucción o mesoterapia, resultan relativamente efectivos, pero sus desventajas, que van desde sus elevados precios hasta las incomodidades físicas que provocan, no compensan el mínimo resultado que ofrecen.
Las cremas anticelulíticas, al ser de aplicación externa y local, todavía resultan menos efectivas que cualquiera de los otros métodos, pero, a pesar de todo, son el método al que más gente recurre y, por tanto, una fuente inagotable de ingresos para los empresarios del sector.
Nuestro afán por mejorar el aspecto de nuestro cuerpo nos empuja a utilizarlas, y la publicidad hace que las consideremos necesarias, pero la realidad es que estas cremas no nos van a eliminar la celulitis.
Los primeros días de aplicación, notamos una mejora del aspecto de nuestra piel, pero ésto sólo es producto de haber hidratado y masajeado la zona una o varias veces al día, cuando habitualmente no lo solemos hacer. Cualquier crema hidratante hace el mismo efecto usada a diario y acompañada de un masaje que, además, activa la circulación y deja en la piel una agradable sensación de bienestar.
Sin embargo, y a pesar de que la inutilidad de las cremas-milagro es manifiesta, no todo está perdido en la batalla contra la celulitis.
Para que el aspecto de "piel de naranja" se vea notablemente reducido, aunque no eliminado por completo, nuestro mejor aliado es reducir la grasa corporal a través de una correcta alimentación y un ejercicio constante y moderado, favorecer la circulación de la sangre por medio de masajes y duchas alternas de agua caliente y fría, hidratar la piel en profundidad a diario, y evitar la retención de líquidos bebiendo agua o infusiones ligeramente diuréticas, como la cola de caballo o el té verde. Con ésto último, eliminaremos toxinas, responsables directas de la formación de los antiestéticos nódulos.
Por último, decir que no debemos obsesionarnos por este problema. No hay más que ver que alrededor del 90 % de las mujeres, sea cual sea su edad o forma física, tenemos celulitis. Concentrémonos, pues, en disimularla lo mejor posible, y atacarla desde dentro llevando una vida sana y adoptando unos hábitos beneficiosos para nuestra piel.
Un truco para que la celulitis sea menos evidente es aplicar crema autobronceadora. Las pieles morenas disimulan más las irregularidades que las que son más claras. Sustituye tu anticelulítica por una hidratante con un toque de color y olvídate de la publicidad engañosa que basa sus falsas promesas en fotografías retocadas.
Belleza Gugan
domingo, 12 de febrero de 2012
jueves, 26 de enero de 2012
El aceite de rosa mosqueta
Este aceite se obtiene por la presión en frío de las semillas de la rosa mosqueta, un arbusto silvestre que crece en la cordillera de los Andes.
Su eficacia es mayor según el grado de pureza y concentración.
Entre sus usos más destacados se encuentra el tratamiento de las cicatrices de la piel. Por su capacidad para regenerar los tejidos cutáneos, resulta apropiado para mejorar el color y la textura de las marcas producidas por heridas, estrías, quemaduras, acné o intervenciones quirúrgicas. De hecho, algunos laboratorios farmacológicos lo incorporan en la elaboración de sus cremas cicatrizantes.
Estimulante de la producción de colágeno, mejora el aspecto de la piel, disminuyendo la profundidad de las arrugas, redensificando la piel por su acción nutritiva y regeneradora. Es un excelente aliado para la eliminación de bolsas y ojeras, así como líneas de expresión en el contorno de los ojos y labios.
Su capacidad para redistribuir la pigmentación, hace que resulte beneficioso para eliminar las manchas oscuras en la piel de las manos y el rostro, así como el enrojecimiento.
Podemos aplicarlo como aceite corporal, y aportará a nuestra piel un extra de hidratación, además de devolverle la suavidad, tersura y tonicidad perdidas por el paso del tiempo o por la deshidratación, además de mejorar considerablemente su aspecto al disminuir las estrías, manchas y cicatrices.
Por supuesto, siempre es preferible prevenir, por lo que aunque no se tenga ningún problema en la piel, su uso continuado nos protegerá de la aparición de problemas posteriores, como el envejecimiento prematuro de los tejidos, las arrugas y las estrías. Es recomendable utilizarlo durante el embarazo, pues los tejidos de la piel se ven sometidos a un estiramiento muy acusado, y es frecuente la aparición posterior de estrías y relajamiento de la piel en la zona abdominal. En cualquier caso, cualquier aumento o disminución de peso afecta a la tonicidad y aspecto de la piel, por lo que el aceite de rosa mosqueta se hace indispensable en períodos de adelgazamiento o aumento de peso.
En casos de psoriasis, su aplicación en las zonas afectadas mejora notablemente el aspecto de la piel, evitando la aparición de escamas.
Y en general, para cualquier zona con tendencia a la sequedad, como por ejemplo los codos, rodillas y talones, actúa como suavizante, rehidratante y regenerador.
Se puede aplicar directamente sobre la zona que queramos tratar, en el caso de que sea un problema localizado y de pequeña extensión, pero también lo podemos incorporar a nuestra crema hidratante habitual, mezclando ambos productos, en cuyo caso su aplicación será más cómoda, abarcaremos un área más extensa, y la sensación de grasa en la piel será menor. Una sola gota de este aceite mezclado con nuestra hidratante facial, la convertirá en un excelente tratamiento antiarrugas, antimanchas, antiojeras, cicatrizante, redensificador y tonificante.
A todo esto hay que añadir que el aceite de rosa mosqueta no presenta toxicidad, porque su PH es muy parecido al de la piel, y por lo tanto es muy adecuado para su uso externo.
Dados sus múltiples beneficios, y teniendo en cuenta que el precio es bastante asequible, en comparación con otros productos de belleza que no nos ofrecen ni la mitad de posibilidades, y teniendo en cuenta que lo vamos a aplicar en cantidades muy pequeñas, es más que recomendable que incorporemos el aceite de rosa mosqueta a nuestro neceser de belleza.
Podemos encontrar este aceite en farmacias, perfumerías y en algunas droguerías especializadas, pero debemos asegurarnos de que es puro y que está obtenido por primera presión en frío, ya que de lo contrario, su eficacia es menor.
Como siempre, mi consejo es que utilicéis productos de la mayor calidad, y éste es uno de los básicos a la hora de tener una piel perfecta. En la mayoría de las ocasiones, no es necesario adquirir productos de precios astronómicos para conseguir los mejores resultados, sino buscar aquellos que realmente resulten eficaces y utilizarlos de forma continuada, así que yo recomiendo que no hagáis mucho caso de la publicidad, que nos promete resultados espectaculares con productos de calidad dudosa, como las cremas mágicas que son capaces de transformar nuestra piel en la de un bebé en una sola aplicación. Y por supuesto, los anuncios publicitarios nos van a incitar a comprar un producto para cada tipo de problema o necesidad, cuando tenemos a nuestro alcance soluciones mucho más efectivas y a las que les podemos sacar mucho más provecho.
Su eficacia es mayor según el grado de pureza y concentración.
Entre sus usos más destacados se encuentra el tratamiento de las cicatrices de la piel. Por su capacidad para regenerar los tejidos cutáneos, resulta apropiado para mejorar el color y la textura de las marcas producidas por heridas, estrías, quemaduras, acné o intervenciones quirúrgicas. De hecho, algunos laboratorios farmacológicos lo incorporan en la elaboración de sus cremas cicatrizantes.
Estimulante de la producción de colágeno, mejora el aspecto de la piel, disminuyendo la profundidad de las arrugas, redensificando la piel por su acción nutritiva y regeneradora. Es un excelente aliado para la eliminación de bolsas y ojeras, así como líneas de expresión en el contorno de los ojos y labios.
Su capacidad para redistribuir la pigmentación, hace que resulte beneficioso para eliminar las manchas oscuras en la piel de las manos y el rostro, así como el enrojecimiento.
Podemos aplicarlo como aceite corporal, y aportará a nuestra piel un extra de hidratación, además de devolverle la suavidad, tersura y tonicidad perdidas por el paso del tiempo o por la deshidratación, además de mejorar considerablemente su aspecto al disminuir las estrías, manchas y cicatrices.
Por supuesto, siempre es preferible prevenir, por lo que aunque no se tenga ningún problema en la piel, su uso continuado nos protegerá de la aparición de problemas posteriores, como el envejecimiento prematuro de los tejidos, las arrugas y las estrías. Es recomendable utilizarlo durante el embarazo, pues los tejidos de la piel se ven sometidos a un estiramiento muy acusado, y es frecuente la aparición posterior de estrías y relajamiento de la piel en la zona abdominal. En cualquier caso, cualquier aumento o disminución de peso afecta a la tonicidad y aspecto de la piel, por lo que el aceite de rosa mosqueta se hace indispensable en períodos de adelgazamiento o aumento de peso.
En casos de psoriasis, su aplicación en las zonas afectadas mejora notablemente el aspecto de la piel, evitando la aparición de escamas.
Y en general, para cualquier zona con tendencia a la sequedad, como por ejemplo los codos, rodillas y talones, actúa como suavizante, rehidratante y regenerador.
Se puede aplicar directamente sobre la zona que queramos tratar, en el caso de que sea un problema localizado y de pequeña extensión, pero también lo podemos incorporar a nuestra crema hidratante habitual, mezclando ambos productos, en cuyo caso su aplicación será más cómoda, abarcaremos un área más extensa, y la sensación de grasa en la piel será menor. Una sola gota de este aceite mezclado con nuestra hidratante facial, la convertirá en un excelente tratamiento antiarrugas, antimanchas, antiojeras, cicatrizante, redensificador y tonificante.
A todo esto hay que añadir que el aceite de rosa mosqueta no presenta toxicidad, porque su PH es muy parecido al de la piel, y por lo tanto es muy adecuado para su uso externo.
Dados sus múltiples beneficios, y teniendo en cuenta que el precio es bastante asequible, en comparación con otros productos de belleza que no nos ofrecen ni la mitad de posibilidades, y teniendo en cuenta que lo vamos a aplicar en cantidades muy pequeñas, es más que recomendable que incorporemos el aceite de rosa mosqueta a nuestro neceser de belleza.
Podemos encontrar este aceite en farmacias, perfumerías y en algunas droguerías especializadas, pero debemos asegurarnos de que es puro y que está obtenido por primera presión en frío, ya que de lo contrario, su eficacia es menor.
Como siempre, mi consejo es que utilicéis productos de la mayor calidad, y éste es uno de los básicos a la hora de tener una piel perfecta. En la mayoría de las ocasiones, no es necesario adquirir productos de precios astronómicos para conseguir los mejores resultados, sino buscar aquellos que realmente resulten eficaces y utilizarlos de forma continuada, así que yo recomiendo que no hagáis mucho caso de la publicidad, que nos promete resultados espectaculares con productos de calidad dudosa, como las cremas mágicas que son capaces de transformar nuestra piel en la de un bebé en una sola aplicación. Y por supuesto, los anuncios publicitarios nos van a incitar a comprar un producto para cada tipo de problema o necesidad, cuando tenemos a nuestro alcance soluciones mucho más efectivas y a las que les podemos sacar mucho más provecho.
sábado, 21 de enero de 2012
El jabón casero
Fabricar jabones en casa es una tradición que, por desgracia, se ha perdido casi por completo. Hoy en día tenemos a nuestro alcance una gran cantidad de opciones a la hora de elegir tanto los productos de limpieza como los de aseo personal. Variedad infinita de aromas, texturas a elegir, y la posibilidad de conseguir en un mismo producto varias funciones, como el tratamiento de la sequedad de la piel o problemas del cabello como la grasa, caspa, etc.
Y a pesar de todo, ninguno de estos productos ha conseguido cubrir tantas necesidades como lo hace el jabón natural.
Entre sus usos más frecuentes destaca la limpieza del hogar. Con este jabón podemos limpiar en profundidad y sin peligro cualquier tipo de superficie. Suelos, cocinas, baños, e incluso la mayoría de los muebles, exceptuando solo aquellos que sean extremadamente delicados. Es el mejor quitamanchas que existe. Frotando la mancha con el jabón antes de meter la prenda en la lavadora, conseguiremos un resultado inigualable. Incluso se puede usar como jabón de lavadora, nos dejará la ropa muy limpia, blanqueando las prendas claras y sin agredir las oscuras.
Para lavar los platos, es una de las mejores opciones, ya que elimina la grasa con gran facilidad, y además protege la piel de las manos.
En cuanto a su uso para el aseo personal, el jabón natural presenta también una serie de ventajas que lo colocan muy por encima en cuanto a calidad de muchos productos de alta gama.
Ayuda en la cicatrización de heridas, alivia los síntomas de la dermatitis atópica y la psoriasis. Hidrata en profundidad y no irrita la piel, es indicado para la limpieza y cuidado del cabello, mejorando el problema de la caspa, reduciendo los picores, y aportando al pelo vitalidad, brillo, fuerza y resistencia.
Se puede usar en zonas delicadas, como la cara. Las pieles acnéicas mejoran considerablemente sin ser deshidratadas, y las partes más resecas, como codos, rodillas y talones, se rehidratan.
También es apropiado como jabón íntimo. En este caso es capaz de reducir la irritaciones y prevenir o ayudar a combatir las infecciones, sin atacar la mucosa.
A todo este abanico de posibilidades de uso, le podemos añadir que este jabón puede ser usado como base para elaborar otros de utilización específica.
Una vez que tenemos hecho el jabón natural, se puede volver a derretir y mezclar con productos naturales para conseguir múltiples funciones, dependiendo de las necesidades de cada momento.
En cuanto a la textura, también podemos elaborar geles y detergentes líquidos a partir del jabón sólido inicial, y diferentes grados de exfoliación, añadiendo los ingredientes adecuados.
El aroma y el color del jabón también se pueden modificar, añadiendo colorantes y aromas especiales para jabón, aceites esenciales o simplemente productos alimentarios. No es indicada la utilización de otro tipo de aceites o aromas, ya que el jabón va a ser para uso directo sobre la piel, y nos podría perjudicar.
A todo esto hay que sumarle el favor que hacemos al medioambiente al reciclar los aceites usados, no solo porque vertirlos en la naturaleza ocasiona efectos desastrosos, sino porque estaremos obteniendo un jabón biodegradable, y lo vamos a sustituir por otros cargados de agentes químicos tan destructores como innecesarios.
Y el último punto, y no por ello menos importante, es la economía. Con el aceite que sacas de la freidora, un paquete de sosa, y unos litros de agua, vas a obtener jabón para limpiar toda tu casa, lavar la ropa y los platos, gel de baño, champú, limpiador facial, jabón íntimo y gel de manos. Y todo ello con una calidad impresionante, y del color y aroma que elijas. El milagro anticrisis.
Si quieres hacer este jabón, aquí tienes la receta y la forma de prepararlo:
*3 litros de agua
*3 litros de aceite usado (de oliva)
* Medio kilo de sosa caústica en escamas
Ponemos en un cubo o barreño de plástico el agua, y añadimos la sosa removiendo con un palo de madera. Es importante no utilizar utensilios metálicos, ya que reaccionan con la sosa y pueden ser muy peligrosos. También es muy importante echar primero el agua y después la sosa, ya que si lo hacemos al contrario puede saltar y quemarnos la piel. Todo el proceso debe hacerse con guantes y mascarilla, ya que los vapores de la sosa son muy fuertes y el contacto de la mezcla con la piel produce quemaduras.
Una vez diluída la sosa en el agua, añadimos el aceite despacio y sin dejar de remover, sin cambiar el sentido de giro, porque de lo contrario, el jabón se corta.
Una vez hecha la mezcla del agua con la sosa y el aceite, nos podemos ayudar de la batidora de mano para facilitarnos la tarea de remover hasta que espese.
Nuestro jabón estará listo cuando tenga la textura de la mayonesa. Entonces, lo verteremos sobre un molde con la forma que más nos convenga, y lo dejaremos secar 24 horas.
Pasado este tiempo, ya podemos desmoldar el jabón y cortarlo en porciones (con un cuchillo se hace fácilmente). Para esto, es recomendable también usar guantes, ya que la sosa está aún activa y puede quemar.
Guardaremos los tacos de jabón en una bolsa de plástico, para que no se endurezca, y podemos empezar a utilizarlo pasadas unas tres semanas después de su elaboración. Hay que dejar pasar este tiempo para que la sosa pierda toda la fuerza y no nos queme la piel.
En el último momento de la elaboración, cuando ya el jabón tiene textura de mayonesa, y antes de echarlo en los moldes, podemos añadir los colorantes y aromas. Hay quien añade detergente de lavadora, lejía, perborato, añil, etc. En mi opinión, es preferible hacer el jabón totalmente natural, es decir, solo con el agua, la sosa y el aceite, porque de esta manera tendremos el básico que nos vale para cualquier uso, y después si queremos podemos derretir algún trozo para hacer geles y pastillas de diferentes colores y aromas, y añadirle ingredientes distintos para darle el uso que queramos.
Y a pesar de todo, ninguno de estos productos ha conseguido cubrir tantas necesidades como lo hace el jabón natural.
Entre sus usos más frecuentes destaca la limpieza del hogar. Con este jabón podemos limpiar en profundidad y sin peligro cualquier tipo de superficie. Suelos, cocinas, baños, e incluso la mayoría de los muebles, exceptuando solo aquellos que sean extremadamente delicados. Es el mejor quitamanchas que existe. Frotando la mancha con el jabón antes de meter la prenda en la lavadora, conseguiremos un resultado inigualable. Incluso se puede usar como jabón de lavadora, nos dejará la ropa muy limpia, blanqueando las prendas claras y sin agredir las oscuras.
Para lavar los platos, es una de las mejores opciones, ya que elimina la grasa con gran facilidad, y además protege la piel de las manos.
En cuanto a su uso para el aseo personal, el jabón natural presenta también una serie de ventajas que lo colocan muy por encima en cuanto a calidad de muchos productos de alta gama.
Ayuda en la cicatrización de heridas, alivia los síntomas de la dermatitis atópica y la psoriasis. Hidrata en profundidad y no irrita la piel, es indicado para la limpieza y cuidado del cabello, mejorando el problema de la caspa, reduciendo los picores, y aportando al pelo vitalidad, brillo, fuerza y resistencia.
Se puede usar en zonas delicadas, como la cara. Las pieles acnéicas mejoran considerablemente sin ser deshidratadas, y las partes más resecas, como codos, rodillas y talones, se rehidratan.
También es apropiado como jabón íntimo. En este caso es capaz de reducir la irritaciones y prevenir o ayudar a combatir las infecciones, sin atacar la mucosa.
A todo este abanico de posibilidades de uso, le podemos añadir que este jabón puede ser usado como base para elaborar otros de utilización específica.
Una vez que tenemos hecho el jabón natural, se puede volver a derretir y mezclar con productos naturales para conseguir múltiples funciones, dependiendo de las necesidades de cada momento.
En cuanto a la textura, también podemos elaborar geles y detergentes líquidos a partir del jabón sólido inicial, y diferentes grados de exfoliación, añadiendo los ingredientes adecuados.
El aroma y el color del jabón también se pueden modificar, añadiendo colorantes y aromas especiales para jabón, aceites esenciales o simplemente productos alimentarios. No es indicada la utilización de otro tipo de aceites o aromas, ya que el jabón va a ser para uso directo sobre la piel, y nos podría perjudicar.
A todo esto hay que sumarle el favor que hacemos al medioambiente al reciclar los aceites usados, no solo porque vertirlos en la naturaleza ocasiona efectos desastrosos, sino porque estaremos obteniendo un jabón biodegradable, y lo vamos a sustituir por otros cargados de agentes químicos tan destructores como innecesarios.
Y el último punto, y no por ello menos importante, es la economía. Con el aceite que sacas de la freidora, un paquete de sosa, y unos litros de agua, vas a obtener jabón para limpiar toda tu casa, lavar la ropa y los platos, gel de baño, champú, limpiador facial, jabón íntimo y gel de manos. Y todo ello con una calidad impresionante, y del color y aroma que elijas. El milagro anticrisis.
Si quieres hacer este jabón, aquí tienes la receta y la forma de prepararlo:
*3 litros de agua
*3 litros de aceite usado (de oliva)
* Medio kilo de sosa caústica en escamas
Ponemos en un cubo o barreño de plástico el agua, y añadimos la sosa removiendo con un palo de madera. Es importante no utilizar utensilios metálicos, ya que reaccionan con la sosa y pueden ser muy peligrosos. También es muy importante echar primero el agua y después la sosa, ya que si lo hacemos al contrario puede saltar y quemarnos la piel. Todo el proceso debe hacerse con guantes y mascarilla, ya que los vapores de la sosa son muy fuertes y el contacto de la mezcla con la piel produce quemaduras.
Una vez diluída la sosa en el agua, añadimos el aceite despacio y sin dejar de remover, sin cambiar el sentido de giro, porque de lo contrario, el jabón se corta.
Una vez hecha la mezcla del agua con la sosa y el aceite, nos podemos ayudar de la batidora de mano para facilitarnos la tarea de remover hasta que espese.
Nuestro jabón estará listo cuando tenga la textura de la mayonesa. Entonces, lo verteremos sobre un molde con la forma que más nos convenga, y lo dejaremos secar 24 horas.
Pasado este tiempo, ya podemos desmoldar el jabón y cortarlo en porciones (con un cuchillo se hace fácilmente). Para esto, es recomendable también usar guantes, ya que la sosa está aún activa y puede quemar.
Guardaremos los tacos de jabón en una bolsa de plástico, para que no se endurezca, y podemos empezar a utilizarlo pasadas unas tres semanas después de su elaboración. Hay que dejar pasar este tiempo para que la sosa pierda toda la fuerza y no nos queme la piel.
En el último momento de la elaboración, cuando ya el jabón tiene textura de mayonesa, y antes de echarlo en los moldes, podemos añadir los colorantes y aromas. Hay quien añade detergente de lavadora, lejía, perborato, añil, etc. En mi opinión, es preferible hacer el jabón totalmente natural, es decir, solo con el agua, la sosa y el aceite, porque de esta manera tendremos el básico que nos vale para cualquier uso, y después si queremos podemos derretir algún trozo para hacer geles y pastillas de diferentes colores y aromas, y añadirle ingredientes distintos para darle el uso que queramos.
viernes, 20 de enero de 2012
Segundo paso: Educando a tu mente
En la primera parte de esta serie de recursos para cambiar nuestra manera de alimentarnos, hablábamos básicamente de la parte física. Educar a nuestro cuerpo es fundamental para conseguir el propósito que nos hemos marcado, y para ello, lo primero es controlar la cantidad y la calidad de lo que comemos, siguiendo unos horarios más o menos fijos, para acostumbrarnos poco a poco a comer correctamente.
El objetivo está claro, y es que queremos conseguir una alimentación equilibrada y acorde con nuestras necesidades diarias. El procedimiento es sencillo, consiste en seguir al pie de la letra las normas básicas.
Ahora bien, ¿Será fácil? ¿Seremos capaces de renunciar de un día para otro a nuestro estilo de alimentarnos de toda una vida? ¿De dónde vamos a sacar las fuerzas para renunciar a un dulce o a parte de él cuando se nos haya pasado la euforia de los primeros días? Y lo más importante, ¿Podremos mantener esta nueva forma de alimentarnos para siempre, sin que sea para nosotros un esfuerzo?
La respuesta a todas estas preguntas no la debes buscar en otra persona que no seas tú misma.
Tu mente es siempre la responsable de que seas o no capaz de cumplir un objetivo que te has propuesto, y es por ello que debes empezar también a hacer lo posible por cambiar la forma de pensar que tienes con respecto al tema de la alimentación.
Nuestro cuerpo obedece por completo a las órdenes que recibe de nuestra mente. Antes de hacer cualquier movimiento, el cerebro tiene que dar una orden. Tú decides qué hacer y qué no hacer en cada momento del día, y cuando realizas una actividad con la que tu mente no está de acuerdo, el trabajo se vuelve pesado y te cuesta mucho más que cuando realmente quieres hacerlo.
Pues bien, vamos a ponernos de acuerdo con nuestra mente, para que alimentarnos correctamente no sea una labor deprimente, y no nos suponga un sufrimiento extra al que solo podamos hacer frente un tiempo limitado.
Lo primero que debemos pensar es que nuestro cuerpo no es un juguete con el que podamos experimentar a nuestro antojo toda clase de barbaridades. Si maltratamos al organismo, éste nos devuelve la faena con malestares y enfermedades de grado diverso. Y nosotros no queremos eso.
A partir de ahora, vamos a pensar más en el funcionamiento de nuestro cuerpo que en su aspecto exterior.
Los hábitos alimenticios poco saludables nos conducen a estados de malestar y nos producen molestias, tanto a nivel físico como psicológico. No es raro sentirse mal después de una gran comilona, la pesadez se apodera de tu cuerpo, y a veces tu mente también se ve dañada por un extraño sentimiento de culpa.
Vamos, pues, a hacerlo bien.
A la hora de comer, vamos a pensar primero qué es lo que nuestro cuerpo necesita para funcionar bien, y en qué cantidad. Elegiremos de entre toda la gama de alimentos de cada clase, los que más nos gusten, y los cocinaremos en la forma en que nos resulten más agradables al paladar. Y esto no será un esfuerzo, porque estaremos comiendo cosas que realmente nos gustan, y además estaremos haciendo un favor a nuestro cuerpo, proporcionándole los nutrientes adecuados.
El problema se presenta cuando tenemos delante de nosotros algo que nos apetece mucho comer, pero que sabemos que no es un alimento, sino una bomba de calorías tan innecesaria como perjudicial. A pesar de todo nos apetece. Y en la mayoría de los casos, a lo único que prestamos atención es al paladar.
¿Qué le dirías a tu hijo si lo único que quisiera comer en todo el día fueran golosinas? Sencillamente no se lo permitirías. Sabes que no son buenas, e intentas por todos los medios que se alimente adecuadamente, porque de eso depende su salud. Pues eso mismo lo debes aplicar a tí misma. Cuando comes bollería industrial, dulces o grasas animales en exceso, te estás haciendo mucho daño. Piénsalo antes de hacerlo. Y si tienes hijos, dales un buen ejemplo de alimentación, porque ellos van a repetir las conductas que aprenden cuando son pequeños, y las adoptarán de por vida.
No renunciaremos, pues, a comer ciertas cosas, solo porque engordan, sino porque no son buenas. Vamos a dejar de arrojar basura sobre nosotros mismos. Repítete a tí misma que no quieres comer las cosas que te hacen daño, convence a tu mente y comprobarás lo bien que te sientes tomando alimentos saludables.
Y no tengas envidia de aquellos que comen porquerías y no engordan, porque el problema no está sólo en un par de centímetros de grasa acumulada debajo de la piel, sino en la salud y la calidad de vida.
La persona que come incorrectamente, se perjudica, independientemente que ésto se manifieste en su peso o no. No te maltrates. Si otros lo quieren hacer, es problema de ellos.
Acuérdate de todas las veces que has sustituído una comida saludable por otra que no lo era y acéptalo como un error que no se va a volver a repetir. Si quieres darte un capricho de vez en cuando, como tomar un chocolate, una rodaja de morcilla o un donut, hazlo, pero tómalo como un capricho, no llenes el estómago de chocolate sin dejar sitio para lo que realmente te va a alimentar.
Refuerza tu personalidad haciendo lo que es correcto, sin fijarte en hábitos nocivos que otros adoptan alegremente, y olvida tu problema de sobrepeso. Vas a alimentarte bien porque eso es lo que hay que hacer, y no porque te sobren unos kilos.
Y no tomes la comida como una vía de escape cada vez que estés aburrida o ansiosa. Es la peor excusa que podemos poner. El aburrimiento no se combate atiborrándose de bollos, sino haciendo alguna actividad que nos entretenga, y la ansiedad no se resuelve sometiendo a nuestro cuerpo a una digestión pesada y atascando nuestras venas con grasa. Prueba a descargar tensiones haciendo algún ejercicio físico, es el mejor remedio para calmarnos, y la sensación que deja es tan agradable como los beneficios que aporta.
Convence a tu mente de que no te gusta comer mal y tu problema de sobrepeso se resolverá solo. No lo dejes para mañana ni para el lunes. Cuídate desde hoy, desde ahora mismo. Da igual lo que hayas comido desde que te levantaste. No sigas maltratando a tu cuerpo ni un minuto más.
El objetivo está claro, y es que queremos conseguir una alimentación equilibrada y acorde con nuestras necesidades diarias. El procedimiento es sencillo, consiste en seguir al pie de la letra las normas básicas.
Ahora bien, ¿Será fácil? ¿Seremos capaces de renunciar de un día para otro a nuestro estilo de alimentarnos de toda una vida? ¿De dónde vamos a sacar las fuerzas para renunciar a un dulce o a parte de él cuando se nos haya pasado la euforia de los primeros días? Y lo más importante, ¿Podremos mantener esta nueva forma de alimentarnos para siempre, sin que sea para nosotros un esfuerzo?
La respuesta a todas estas preguntas no la debes buscar en otra persona que no seas tú misma.
Tu mente es siempre la responsable de que seas o no capaz de cumplir un objetivo que te has propuesto, y es por ello que debes empezar también a hacer lo posible por cambiar la forma de pensar que tienes con respecto al tema de la alimentación.
Nuestro cuerpo obedece por completo a las órdenes que recibe de nuestra mente. Antes de hacer cualquier movimiento, el cerebro tiene que dar una orden. Tú decides qué hacer y qué no hacer en cada momento del día, y cuando realizas una actividad con la que tu mente no está de acuerdo, el trabajo se vuelve pesado y te cuesta mucho más que cuando realmente quieres hacerlo.
Pues bien, vamos a ponernos de acuerdo con nuestra mente, para que alimentarnos correctamente no sea una labor deprimente, y no nos suponga un sufrimiento extra al que solo podamos hacer frente un tiempo limitado.
Lo primero que debemos pensar es que nuestro cuerpo no es un juguete con el que podamos experimentar a nuestro antojo toda clase de barbaridades. Si maltratamos al organismo, éste nos devuelve la faena con malestares y enfermedades de grado diverso. Y nosotros no queremos eso.
A partir de ahora, vamos a pensar más en el funcionamiento de nuestro cuerpo que en su aspecto exterior.
Los hábitos alimenticios poco saludables nos conducen a estados de malestar y nos producen molestias, tanto a nivel físico como psicológico. No es raro sentirse mal después de una gran comilona, la pesadez se apodera de tu cuerpo, y a veces tu mente también se ve dañada por un extraño sentimiento de culpa.
Vamos, pues, a hacerlo bien.
A la hora de comer, vamos a pensar primero qué es lo que nuestro cuerpo necesita para funcionar bien, y en qué cantidad. Elegiremos de entre toda la gama de alimentos de cada clase, los que más nos gusten, y los cocinaremos en la forma en que nos resulten más agradables al paladar. Y esto no será un esfuerzo, porque estaremos comiendo cosas que realmente nos gustan, y además estaremos haciendo un favor a nuestro cuerpo, proporcionándole los nutrientes adecuados.
El problema se presenta cuando tenemos delante de nosotros algo que nos apetece mucho comer, pero que sabemos que no es un alimento, sino una bomba de calorías tan innecesaria como perjudicial. A pesar de todo nos apetece. Y en la mayoría de los casos, a lo único que prestamos atención es al paladar.
¿Qué le dirías a tu hijo si lo único que quisiera comer en todo el día fueran golosinas? Sencillamente no se lo permitirías. Sabes que no son buenas, e intentas por todos los medios que se alimente adecuadamente, porque de eso depende su salud. Pues eso mismo lo debes aplicar a tí misma. Cuando comes bollería industrial, dulces o grasas animales en exceso, te estás haciendo mucho daño. Piénsalo antes de hacerlo. Y si tienes hijos, dales un buen ejemplo de alimentación, porque ellos van a repetir las conductas que aprenden cuando son pequeños, y las adoptarán de por vida.
No renunciaremos, pues, a comer ciertas cosas, solo porque engordan, sino porque no son buenas. Vamos a dejar de arrojar basura sobre nosotros mismos. Repítete a tí misma que no quieres comer las cosas que te hacen daño, convence a tu mente y comprobarás lo bien que te sientes tomando alimentos saludables.
Y no tengas envidia de aquellos que comen porquerías y no engordan, porque el problema no está sólo en un par de centímetros de grasa acumulada debajo de la piel, sino en la salud y la calidad de vida.
La persona que come incorrectamente, se perjudica, independientemente que ésto se manifieste en su peso o no. No te maltrates. Si otros lo quieren hacer, es problema de ellos.
Acuérdate de todas las veces que has sustituído una comida saludable por otra que no lo era y acéptalo como un error que no se va a volver a repetir. Si quieres darte un capricho de vez en cuando, como tomar un chocolate, una rodaja de morcilla o un donut, hazlo, pero tómalo como un capricho, no llenes el estómago de chocolate sin dejar sitio para lo que realmente te va a alimentar.
Refuerza tu personalidad haciendo lo que es correcto, sin fijarte en hábitos nocivos que otros adoptan alegremente, y olvida tu problema de sobrepeso. Vas a alimentarte bien porque eso es lo que hay que hacer, y no porque te sobren unos kilos.
Y no tomes la comida como una vía de escape cada vez que estés aburrida o ansiosa. Es la peor excusa que podemos poner. El aburrimiento no se combate atiborrándose de bollos, sino haciendo alguna actividad que nos entretenga, y la ansiedad no se resuelve sometiendo a nuestro cuerpo a una digestión pesada y atascando nuestras venas con grasa. Prueba a descargar tensiones haciendo algún ejercicio físico, es el mejor remedio para calmarnos, y la sensación que deja es tan agradable como los beneficios que aporta.
Convence a tu mente de que no te gusta comer mal y tu problema de sobrepeso se resolverá solo. No lo dejes para mañana ni para el lunes. Cuídate desde hoy, desde ahora mismo. Da igual lo que hayas comido desde que te levantaste. No sigas maltratando a tu cuerpo ni un minuto más.
domingo, 15 de enero de 2012
Sombras de ojos
La sombra de ojos nos ayuda a realzar la belleza de nuestra mirada. Además de poner un toque de color, podemos corregir o disimular algunos defectos relacionados con la forma del ojo.
Es uno de los productos de maquillaje que presenta una gama de colores más amplia, y por lo tanto, se presta más a realizar juegos de color con distintos tonos o texturas, a fin de conseguir el efecto deseado.
Podemos encontrar sombras de ojos en polvo, crema, líquidas e incluso adhesivas, y cada textura nos va a ofrecer unas ventajas distintas. Debemos elegir la textura según nuestro tipo de piel, edad o la facilidad que tengamos para aplicarla.
Las sombras en polvo son más fáciles de difuminar, se adhieren bien al párpado, sobre todo si utilizamos una prebase, y duran mucho. Es conveniente aplicarlas con pinceles de pelo natural. El único problema que podemos encontrar es que, al maquillar el ojo, el polvo se puede dispersar ligeramente, manchando el pómulo o la sien. La solución es retirarlo con la brocha que utilizamos para los polvos sueltos, sacudiéndola suavemente hacia fuera, para que no quede mancha en la piel de alrededor de los ojos.
Las sombras en crema son apropiadas para pieles jóvenes y secas. La fijación de este tipo de sombras es más complicada que en el caso del polvo, y es posible que, pasadas unas horas, se acumule en los pliegues del párpado, sobre todo si la piel es grasa o hay arruguitas. Son algo más difíciles de difuminar que las anteriores, en particular si queremos utilizar más de un color, y su aplicación requiere el uso de pinceles de pelo sintético, que son los idóneos para los productos cremosos.
En cuanto a la textura líquida, es probablemente la que mayor fijación ofrece, siendo también la más complicada de difuminar, por lo que, junto con las sombras en crema, son una opción adecuada para realizar un maquillaje rápido, usando un solo color, pero no son tan apropiadas para maquillar los ojos de una forma más elaborada.
Últimamente se están poniendo muy de moda las sombras adhesivas. Los han comercializado con la idea de ser usados por aquellas personas que no manejan del todo el uso del pincel a la hora de aplicar las sombras. Normalmente traen tres tonos del mismo color, distribuidos de forma ascendente de mayor a menor intensidad, para dar un tono más oscuro en la zona más pegada a las pestañas, y terminar en la linea de debajo de la ceja con el más claro. Se trata de colocar el parche sobre el párpado, con el ojo cerrado, presionar unos instantes y retirar sin frotar, para que no se estropee el dibujo que trae hecho.
La aplicación es sencilla y rápida, pero el resultado no suele ser muy bueno. Más de la mitad del producto se sigue quedando en el parche después de ser usado, y además hay que difuminar con un pincel para que no se note tanto la separación de los colores.
En mi opinión, es mejor que utilices un solo color y lo difumines bien por todo el párpado si no tienes mucha práctica con el pincel, en lugar de utilizar este método, ya que para mi gusto el resultado deja bastante que desear, y además, sale mucho más caro a la larga que una sombra de ojos convencional.
Para elegir los colores de las sombras de ojos, lo ideal es que hagas caso, como siempre te digo, de tu propio instinto y tus preferencias. Por lo general, los colores fríos, como los azules, malvas y verdosos, sientan mejor a las chicas de piel, pelo y ojos claros, y los cálidos, como los marrones, rojizos, anaranjados y amarillentos, hacen resaltar más las tonalidades oscuras de pelo, piel y ojos.
En cualquier caso, los beiges y todos los tonos parecidos a la propia piel quedan bien a todo el mundo, y son una opción ideal para hacer maquillajes de día, o cuando se vaya a dar prioridad a los labios.
Los tonos rojizos deben ser utilizados con precaución, porque pueden dar a la mirada un aspecto cansado o incluso enfermizo. El amarillo aplicado como un pequeño toque en el centro del párpado móvil o justo debajo del arco de la ceja, imprime una luminosidad única y un aire muy sofisticado.
Los ojos azules maquillados en tonos verdes, intensifican su color, y lo mismo pasa al contrario, si quieres ver realzado el verde de tus ojos, maquíllalos con azul.
Y, por último, si además de colorear tus párpados, quieres disimular algún pequeño defecto, la regla de oro es que los colores oscuros y mates dan profundidad, por lo que los debes aplicar en aquellas zonas que quieras que parezcan más pequeñas o hundidas. Por ejemplo, si tienes los ojos ligeramente saltones, deberás aplicar la sombra oscura en el párpado móvil, y una más clara y brillante para la zona superior. Si tus ojos son demasiado juntos, la sombra oscura debe ir en la parte externa del ojo, y si están demasiado separados, los acercaremos ópticamente aplicando el tono más oscuro en la parte más cercana al lagrimal.
Prueba a jugar con los volúmenes de tus ojos y tu rostro en general, oscureciendo ligeramente las zonas más prominentes, y aclarando las más hundidas, y sin olvidar difuminar, para evitar que se noten los cortes entre las zonas más claras y más oscuras. El resultado te sorprenderá gratamente, y a lo mejor encuentras una nueva forma de maquillarte utilizando este sencillo truco.
Es uno de los productos de maquillaje que presenta una gama de colores más amplia, y por lo tanto, se presta más a realizar juegos de color con distintos tonos o texturas, a fin de conseguir el efecto deseado.
Podemos encontrar sombras de ojos en polvo, crema, líquidas e incluso adhesivas, y cada textura nos va a ofrecer unas ventajas distintas. Debemos elegir la textura según nuestro tipo de piel, edad o la facilidad que tengamos para aplicarla.
Las sombras en polvo son más fáciles de difuminar, se adhieren bien al párpado, sobre todo si utilizamos una prebase, y duran mucho. Es conveniente aplicarlas con pinceles de pelo natural. El único problema que podemos encontrar es que, al maquillar el ojo, el polvo se puede dispersar ligeramente, manchando el pómulo o la sien. La solución es retirarlo con la brocha que utilizamos para los polvos sueltos, sacudiéndola suavemente hacia fuera, para que no quede mancha en la piel de alrededor de los ojos.
Las sombras en crema son apropiadas para pieles jóvenes y secas. La fijación de este tipo de sombras es más complicada que en el caso del polvo, y es posible que, pasadas unas horas, se acumule en los pliegues del párpado, sobre todo si la piel es grasa o hay arruguitas. Son algo más difíciles de difuminar que las anteriores, en particular si queremos utilizar más de un color, y su aplicación requiere el uso de pinceles de pelo sintético, que son los idóneos para los productos cremosos.
En cuanto a la textura líquida, es probablemente la que mayor fijación ofrece, siendo también la más complicada de difuminar, por lo que, junto con las sombras en crema, son una opción adecuada para realizar un maquillaje rápido, usando un solo color, pero no son tan apropiadas para maquillar los ojos de una forma más elaborada.
Últimamente se están poniendo muy de moda las sombras adhesivas. Los han comercializado con la idea de ser usados por aquellas personas que no manejan del todo el uso del pincel a la hora de aplicar las sombras. Normalmente traen tres tonos del mismo color, distribuidos de forma ascendente de mayor a menor intensidad, para dar un tono más oscuro en la zona más pegada a las pestañas, y terminar en la linea de debajo de la ceja con el más claro. Se trata de colocar el parche sobre el párpado, con el ojo cerrado, presionar unos instantes y retirar sin frotar, para que no se estropee el dibujo que trae hecho.
La aplicación es sencilla y rápida, pero el resultado no suele ser muy bueno. Más de la mitad del producto se sigue quedando en el parche después de ser usado, y además hay que difuminar con un pincel para que no se note tanto la separación de los colores.
En mi opinión, es mejor que utilices un solo color y lo difumines bien por todo el párpado si no tienes mucha práctica con el pincel, en lugar de utilizar este método, ya que para mi gusto el resultado deja bastante que desear, y además, sale mucho más caro a la larga que una sombra de ojos convencional.
Para elegir los colores de las sombras de ojos, lo ideal es que hagas caso, como siempre te digo, de tu propio instinto y tus preferencias. Por lo general, los colores fríos, como los azules, malvas y verdosos, sientan mejor a las chicas de piel, pelo y ojos claros, y los cálidos, como los marrones, rojizos, anaranjados y amarillentos, hacen resaltar más las tonalidades oscuras de pelo, piel y ojos.
En cualquier caso, los beiges y todos los tonos parecidos a la propia piel quedan bien a todo el mundo, y son una opción ideal para hacer maquillajes de día, o cuando se vaya a dar prioridad a los labios.
Los tonos rojizos deben ser utilizados con precaución, porque pueden dar a la mirada un aspecto cansado o incluso enfermizo. El amarillo aplicado como un pequeño toque en el centro del párpado móvil o justo debajo del arco de la ceja, imprime una luminosidad única y un aire muy sofisticado.
Los ojos azules maquillados en tonos verdes, intensifican su color, y lo mismo pasa al contrario, si quieres ver realzado el verde de tus ojos, maquíllalos con azul.
Y, por último, si además de colorear tus párpados, quieres disimular algún pequeño defecto, la regla de oro es que los colores oscuros y mates dan profundidad, por lo que los debes aplicar en aquellas zonas que quieras que parezcan más pequeñas o hundidas. Por ejemplo, si tienes los ojos ligeramente saltones, deberás aplicar la sombra oscura en el párpado móvil, y una más clara y brillante para la zona superior. Si tus ojos son demasiado juntos, la sombra oscura debe ir en la parte externa del ojo, y si están demasiado separados, los acercaremos ópticamente aplicando el tono más oscuro en la parte más cercana al lagrimal.
Prueba a jugar con los volúmenes de tus ojos y tu rostro en general, oscureciendo ligeramente las zonas más prominentes, y aclarando las más hundidas, y sin olvidar difuminar, para evitar que se noten los cortes entre las zonas más claras y más oscuras. El resultado te sorprenderá gratamente, y a lo mejor encuentras una nueva forma de maquillarte utilizando este sencillo truco.
viernes, 13 de enero de 2012
Las cremas hidratantes
Después de la limpieza, la hidratación es, sin duda, el paso más importante a seguir si queremos mantener la piel en perfecto estado.
Hidratar no es otra cosa que aportar agua, y esta provisión de agua la debemos realizar tanto a nivel externo, por medio de cremas, como interno, con la ingestión de líquidos.
Los jabones, detergentes o champús que utilizamos para lavar nuestra piel, o bien para la limpieza diaria del hogar, contienen agentes que contribuyen a la deshidratación, por lo que su uso debe estar inexcusablemente complementado con cremas o lociones que nos ayuden a recuperar ese porcentaje de agua que perdemos con la higiene diaria.
Es importante tener claro que la hidratación debe ser una costumbre adoptada desde el primer día de nuestra vida. Hidratar el cuerpo y el rostro es siempre beneficioso, tanto para pieles maduras, como jóvenes, y para los niños, desde el momento de su nacimiento.
El error más generalizado con respecto a este tema es la idea de que las cremas hidratantes no son adecuadas para pieles grasas. No es cierto. Hidratar no es engrasar. Las grasas sobre la piel ejercen una función únicamente de película protectora para evitar la pérdida de agua, por eso hay muchas cremas que además de contener agentes humectantes, llevan también grasas o aceites.
Si la piel es grasa, debemos buscar una hidratante que no lleve aceites y con ello tendremos el problema más que resuelto.
El problema del acné se suele agravar aún más con la deshidratación. La piel, por sí sola no es capaz de producir agua, pero, ante la falta de humedad, libera grasa para eliminar la sequedad, así que en muchas ocasiones, la aplicación de geles o cremas desecantes, van a potenciar aún más el problema, dando como resultado una piel acnéica y además, descamada y grasienta.
La solución es la aplicación de un tratamiento específico para los granos y puntos negros, pero solo localizado en las zonas afectadas, y siempre después de una correcta hidratación.
En el mercado podemos encontrar una amplia gama de productos que nos prometen una hidratación, complementada con los efectos de componentes antiarrugas, antiflacidez, o incluso reductores y anticelulíticos para el cuerpo. Estas cremas que cuentan con tantas funciones, tienen que ver recortada su acción hidratante para poder abarcar tantos beneficios, así que lo ideal es tener una crema que sea solo para hidratar, y después de haber restablecido el nivel hídrico de nuestra piel, aplicar el producto específico que consideremos oportuno, como por ejemplo el antiarrugas.
Por otra parte, solo con la hidratación ya vamos a notar una mejoría considerable en el aspecto de nuestro rostro y cuerpo, ya que en la mayoría de las ocasiones, la piel se arruga por falta de humedad, así que primero hidratamos, y luego tratamos.
En cuanto a los aceites, cuya utilización está tan extendida, sobre todo para el cuerpo, suelen llamarse hidratantes de forma equivocada. Como he dicho antes, los aceites se encargan de formar una película protectora sobre la piel que evita la pérdida de agua, pero en sí mismos no hidratan. Esto no quiere decir que no sean una buena opción, puesto que en pieles normales con evitar la pérdida de humedad tendríamos bastante para no sufrir deshidratación. Pero si la piel es muy seca, es necesario aplicar la crema, aunque luego la complementemos con el aceite. Se pueden incluso mezclar las dos cosas para que no se alargue mucho la faena de poner un producto y luego otro después de la ducha.
La ingestión de líquidos debe oscilar diariamente entre el litro y medio y los dos litros de agua diarios, lo cual nos ayudará a mantener un equilibrio hídrico correcto, y por lo tanto, a mejorar considerablemente el aspecto de la piel y el estado general de nuestro cuerpo.
Hidratar no es otra cosa que aportar agua, y esta provisión de agua la debemos realizar tanto a nivel externo, por medio de cremas, como interno, con la ingestión de líquidos.
Los jabones, detergentes o champús que utilizamos para lavar nuestra piel, o bien para la limpieza diaria del hogar, contienen agentes que contribuyen a la deshidratación, por lo que su uso debe estar inexcusablemente complementado con cremas o lociones que nos ayuden a recuperar ese porcentaje de agua que perdemos con la higiene diaria.
Es importante tener claro que la hidratación debe ser una costumbre adoptada desde el primer día de nuestra vida. Hidratar el cuerpo y el rostro es siempre beneficioso, tanto para pieles maduras, como jóvenes, y para los niños, desde el momento de su nacimiento.
El error más generalizado con respecto a este tema es la idea de que las cremas hidratantes no son adecuadas para pieles grasas. No es cierto. Hidratar no es engrasar. Las grasas sobre la piel ejercen una función únicamente de película protectora para evitar la pérdida de agua, por eso hay muchas cremas que además de contener agentes humectantes, llevan también grasas o aceites.
Si la piel es grasa, debemos buscar una hidratante que no lleve aceites y con ello tendremos el problema más que resuelto.
El problema del acné se suele agravar aún más con la deshidratación. La piel, por sí sola no es capaz de producir agua, pero, ante la falta de humedad, libera grasa para eliminar la sequedad, así que en muchas ocasiones, la aplicación de geles o cremas desecantes, van a potenciar aún más el problema, dando como resultado una piel acnéica y además, descamada y grasienta.
La solución es la aplicación de un tratamiento específico para los granos y puntos negros, pero solo localizado en las zonas afectadas, y siempre después de una correcta hidratación.
En el mercado podemos encontrar una amplia gama de productos que nos prometen una hidratación, complementada con los efectos de componentes antiarrugas, antiflacidez, o incluso reductores y anticelulíticos para el cuerpo. Estas cremas que cuentan con tantas funciones, tienen que ver recortada su acción hidratante para poder abarcar tantos beneficios, así que lo ideal es tener una crema que sea solo para hidratar, y después de haber restablecido el nivel hídrico de nuestra piel, aplicar el producto específico que consideremos oportuno, como por ejemplo el antiarrugas.
Por otra parte, solo con la hidratación ya vamos a notar una mejoría considerable en el aspecto de nuestro rostro y cuerpo, ya que en la mayoría de las ocasiones, la piel se arruga por falta de humedad, así que primero hidratamos, y luego tratamos.
En cuanto a los aceites, cuya utilización está tan extendida, sobre todo para el cuerpo, suelen llamarse hidratantes de forma equivocada. Como he dicho antes, los aceites se encargan de formar una película protectora sobre la piel que evita la pérdida de agua, pero en sí mismos no hidratan. Esto no quiere decir que no sean una buena opción, puesto que en pieles normales con evitar la pérdida de humedad tendríamos bastante para no sufrir deshidratación. Pero si la piel es muy seca, es necesario aplicar la crema, aunque luego la complementemos con el aceite. Se pueden incluso mezclar las dos cosas para que no se alargue mucho la faena de poner un producto y luego otro después de la ducha.
La ingestión de líquidos debe oscilar diariamente entre el litro y medio y los dos litros de agua diarios, lo cual nos ayudará a mantener un equilibrio hídrico correcto, y por lo tanto, a mejorar considerablemente el aspecto de la piel y el estado general de nuestro cuerpo.
Mi experiencia
Tengo 40 años y he pasado por muchas dietas de adelgazamiento. Supongo que como muchas mujeres.
Mi problema de sobrepeso ha sido debido principalmente a mi estatura. Las personas pequeñas acusamos mucho más las oscilaciones de peso que las que son más altas. En mi caso, una diferencia de cinco o seis kilos me puede hacer pasar de verme gorda a delgada, o al revés.
En la mayoría de los casos he sido bastante consciente de que la salud es lo primero y por lo tanto, he seguido dietas bajo control médico, o al menos siendo controlada por algún nutricionista o personal sanitario.
Las dietas me funcionaban. Estaba un tiempo, bajaba unos kilos y después, volvía poco a poco a mis costumbres alimenticias de siempre, con lo cual, recuperaba también paulatinamente los kilos que había conseguido perder.
Sin darme apenas cuenta, fui adoptando poco a poco hábitos alimenticios saludables, como por ejemplo, comer verdura o fruta en abundancia, azúcares complejos, renunciar casi sin problema a la bollería industrial y al embutido, no picar entre horas, etc.
Llegado este punto, ya no me resultaba difícil seguir ninguna dieta, pero el problema ahora era que ya no conseguía adelgazar. Mis comidas habituales se parecían tanto a las impuestas por el sistema de adelgazamiento, que ninguna dieta era capaz de eliminar más de un par de kilos.
Entonces fue cuando empecé a intentar creer en los milagros. Alguna vez me expuse a seguir planes insólitos como la alimentación disociada, la dieta de la sopa o regímenes aconsejados por alguna amiga que eran, desde todo punto, una agresión evidente contra el organismo. A pesar de que no tuve ninguna consecuencia desagradable, me arrepiento de haber caído en la tentación de intentar perder peso rápido aún a costa de mi salud.
Entonces fue cuando pensé que a lo mejor el problema no estaba en los alimentos, sino en la cantidad.
No todo el mundo necesita la misma cantidad de energía para funcionar, y en el caso de un cuerpo pequeño como el mío, el gasto energético debe ser menor, supongo. Así que me decidí a comer de todo, pero en cantidades muy pequeñas.
Masticaba cada bocado hasta conseguir deshacerlo por completo, saboreándolo, y, cuando ya había conseguido aplacar un poco el hambre, dejaba de comer.
Tomaba alimentos de todo tipo, cocinados de la forma que más me pudiera apetecer, pero con la precaución de no llenar mi estómago en exceso.
Esta fue la solución. Fui perdiendo peso poco a poco, sin sufrir carencias nutricionales ni privaciones de ningún tipo de alimento.
Era feliz, porque podía socializar, no tenía que decir que estaba a dieta y aguantar las miradas compasivas que te lanza la gente cuando te ven masticar sin ganas unas acelgas hervidas, mientras ellos se zampan un trozo de pastel, por ejemplo.
Conseguí estar más delgada que nunca. Toda la ropa me quedaba bien.
Todo era perfecto hasta que metí la pata. Una vez que ya había perdido hasta el último kilo que me sobraba, quise seguir. Aún no sé por qué, pero supongo que quería redondear a la cifra que para mí era perfecta y para la que solo me faltaba un kilo por perder, o a lo mejor es que quería demostrarme a mí misma o a los demás hasta donde era capaz de llegar. No lo sé, el caso es que ahí sí empecé a descuidar mi alimentación. Comía cada vez menos, y mi energía estaba por los suelos. Y aún así no podía adelgazar más.
Ahora comprendo que si no adelgazaba más era porque ya estaba en mi peso, pero en aquél momento me desesperé y volví a comer cantidades normales, haciendo incluso algún que otro exceso.
Volví a engordar y fue mi culpa, por la bendita estupidez que me hizo desistir de un hábito que me había ayudado en todos los sentidos, tanto a nivel estético como físico, e incluso psicológico.
El caso es que después de aquello ninguna dieta me ha funcionado.
Ahora estoy dispuesta a hacerla correctamente, y esta vez será para siempre. Al final creo que la madurez, que tanto me asusta, me va a servir para tomar las cosas con calma y hacerlas bien de una vez por todas.
Si estás en un caso parecido al mío, deberías tú también intentar adoptar primero unos hábitos alimenticios saludables, y después, corregir la cantidad ingerida en función de tus propias necesidades. Ese será el paso que te lleve a estar bien.
En cuanto a las opiniones de los demás, hay mucha tela que cortar con respecto a ese tema.
La gente que te rodea no siempre te va a ayudar a sentirte bien.
A mí personalmente me han hecho justo lo contrario.
Cuando estás a dieta, la gente intenta por todos los medios que no la hagas bien, incitándote a comer "alimentos prohibidos" con una insistencia capaz de agobiar a cualquier mortal. He escuchado millones de veces frases como: " por un día no va a pasar nada", " no me hagas el feo", " anda, cómetelo y mañana será otro día", etc. Y lo peor es que a lo mejor te has puesto a dieta justo para no tener que soportar los comentarios humillantes de esa misma persona hacia tí cuando estabas gorda.
Afortunadamente, no todo el mundo es así de punzante, pero por desgracia, no te faltará nunca un pinchazo al día, aunque provenga de personas distintas.
Unos te dirán que no vas a ser capaz de seguir la dieta, porque ya has empezado muchas y después las has dejado. Otros, que para qué hacer dieta si al fin y al cabo estás siempre gorda. Habrá quien después de un tiempo, visto que adelgazas y que no cesas en el empeño, te diga que ya es el momento de parar, porque te estás quedando demasiado delgada. Y al fín, cuando ya todos hayan visto que adelgazaste, y que has sido capaz de mantenerte durante un tiempo prolongado, llegará el último imbécil con la guinda para el pastel, y te dirá que estabas más guapa cuando eras gorda.
No te preocupes. Todos estos comentarios van a venir de gente sin cerebro, que probablemente no te importen en lo más mínimo, así que procura acordarte de mí cuando los oigas, y reirte en sus narices, como homenaje al montón de veces que a mí me han hecho llorar.
Estoy empezando otra vez con este sistema, y te diré que a veces es un poco duro tener que quedarse con hambre tras cada comida, pero si hay gente que te apoya todo es más fácil. Si nos unimos, ya nunca más vamos a tener que luchar contra los kilos de más, ni contra los estúpidos comentarios de gente sin escrúpulos que piensan que son mejores que tú solo porque tienen dos tallas menos.
En este apartado voy a publicar periódicamente, tanto mis experiencias personales, como información detallada de cómo alimentarse correctamente. Espero que te sirva de ayuda, como a mí me van a ayudar tus comentarios y los logros que alcancemos.
Mi problema de sobrepeso ha sido debido principalmente a mi estatura. Las personas pequeñas acusamos mucho más las oscilaciones de peso que las que son más altas. En mi caso, una diferencia de cinco o seis kilos me puede hacer pasar de verme gorda a delgada, o al revés.
En la mayoría de los casos he sido bastante consciente de que la salud es lo primero y por lo tanto, he seguido dietas bajo control médico, o al menos siendo controlada por algún nutricionista o personal sanitario.
Las dietas me funcionaban. Estaba un tiempo, bajaba unos kilos y después, volvía poco a poco a mis costumbres alimenticias de siempre, con lo cual, recuperaba también paulatinamente los kilos que había conseguido perder.
Sin darme apenas cuenta, fui adoptando poco a poco hábitos alimenticios saludables, como por ejemplo, comer verdura o fruta en abundancia, azúcares complejos, renunciar casi sin problema a la bollería industrial y al embutido, no picar entre horas, etc.
Llegado este punto, ya no me resultaba difícil seguir ninguna dieta, pero el problema ahora era que ya no conseguía adelgazar. Mis comidas habituales se parecían tanto a las impuestas por el sistema de adelgazamiento, que ninguna dieta era capaz de eliminar más de un par de kilos.
Entonces fue cuando empecé a intentar creer en los milagros. Alguna vez me expuse a seguir planes insólitos como la alimentación disociada, la dieta de la sopa o regímenes aconsejados por alguna amiga que eran, desde todo punto, una agresión evidente contra el organismo. A pesar de que no tuve ninguna consecuencia desagradable, me arrepiento de haber caído en la tentación de intentar perder peso rápido aún a costa de mi salud.
Entonces fue cuando pensé que a lo mejor el problema no estaba en los alimentos, sino en la cantidad.
No todo el mundo necesita la misma cantidad de energía para funcionar, y en el caso de un cuerpo pequeño como el mío, el gasto energético debe ser menor, supongo. Así que me decidí a comer de todo, pero en cantidades muy pequeñas.
Masticaba cada bocado hasta conseguir deshacerlo por completo, saboreándolo, y, cuando ya había conseguido aplacar un poco el hambre, dejaba de comer.
Tomaba alimentos de todo tipo, cocinados de la forma que más me pudiera apetecer, pero con la precaución de no llenar mi estómago en exceso.
Esta fue la solución. Fui perdiendo peso poco a poco, sin sufrir carencias nutricionales ni privaciones de ningún tipo de alimento.
Era feliz, porque podía socializar, no tenía que decir que estaba a dieta y aguantar las miradas compasivas que te lanza la gente cuando te ven masticar sin ganas unas acelgas hervidas, mientras ellos se zampan un trozo de pastel, por ejemplo.
Conseguí estar más delgada que nunca. Toda la ropa me quedaba bien.
Todo era perfecto hasta que metí la pata. Una vez que ya había perdido hasta el último kilo que me sobraba, quise seguir. Aún no sé por qué, pero supongo que quería redondear a la cifra que para mí era perfecta y para la que solo me faltaba un kilo por perder, o a lo mejor es que quería demostrarme a mí misma o a los demás hasta donde era capaz de llegar. No lo sé, el caso es que ahí sí empecé a descuidar mi alimentación. Comía cada vez menos, y mi energía estaba por los suelos. Y aún así no podía adelgazar más.
Ahora comprendo que si no adelgazaba más era porque ya estaba en mi peso, pero en aquél momento me desesperé y volví a comer cantidades normales, haciendo incluso algún que otro exceso.
Volví a engordar y fue mi culpa, por la bendita estupidez que me hizo desistir de un hábito que me había ayudado en todos los sentidos, tanto a nivel estético como físico, e incluso psicológico.
El caso es que después de aquello ninguna dieta me ha funcionado.
Ahora estoy dispuesta a hacerla correctamente, y esta vez será para siempre. Al final creo que la madurez, que tanto me asusta, me va a servir para tomar las cosas con calma y hacerlas bien de una vez por todas.
Si estás en un caso parecido al mío, deberías tú también intentar adoptar primero unos hábitos alimenticios saludables, y después, corregir la cantidad ingerida en función de tus propias necesidades. Ese será el paso que te lleve a estar bien.
En cuanto a las opiniones de los demás, hay mucha tela que cortar con respecto a ese tema.
La gente que te rodea no siempre te va a ayudar a sentirte bien.
A mí personalmente me han hecho justo lo contrario.
Cuando estás a dieta, la gente intenta por todos los medios que no la hagas bien, incitándote a comer "alimentos prohibidos" con una insistencia capaz de agobiar a cualquier mortal. He escuchado millones de veces frases como: " por un día no va a pasar nada", " no me hagas el feo", " anda, cómetelo y mañana será otro día", etc. Y lo peor es que a lo mejor te has puesto a dieta justo para no tener que soportar los comentarios humillantes de esa misma persona hacia tí cuando estabas gorda.
Afortunadamente, no todo el mundo es así de punzante, pero por desgracia, no te faltará nunca un pinchazo al día, aunque provenga de personas distintas.
Unos te dirán que no vas a ser capaz de seguir la dieta, porque ya has empezado muchas y después las has dejado. Otros, que para qué hacer dieta si al fin y al cabo estás siempre gorda. Habrá quien después de un tiempo, visto que adelgazas y que no cesas en el empeño, te diga que ya es el momento de parar, porque te estás quedando demasiado delgada. Y al fín, cuando ya todos hayan visto que adelgazaste, y que has sido capaz de mantenerte durante un tiempo prolongado, llegará el último imbécil con la guinda para el pastel, y te dirá que estabas más guapa cuando eras gorda.
No te preocupes. Todos estos comentarios van a venir de gente sin cerebro, que probablemente no te importen en lo más mínimo, así que procura acordarte de mí cuando los oigas, y reirte en sus narices, como homenaje al montón de veces que a mí me han hecho llorar.
Estoy empezando otra vez con este sistema, y te diré que a veces es un poco duro tener que quedarse con hambre tras cada comida, pero si hay gente que te apoya todo es más fácil. Si nos unimos, ya nunca más vamos a tener que luchar contra los kilos de más, ni contra los estúpidos comentarios de gente sin escrúpulos que piensan que son mejores que tú solo porque tienen dos tallas menos.
En este apartado voy a publicar periódicamente, tanto mis experiencias personales, como información detallada de cómo alimentarse correctamente. Espero que te sirva de ayuda, como a mí me van a ayudar tus comentarios y los logros que alcancemos.
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